Informe al Capítulo General 2010 - 4ª parte: LLAMAMIENTOS 4 - 5


Misioneros Oblatos de María Inmaculada

El estado de la Congregación

Informe del Superior General para el Capítulo de 2010

4ª parte





4.    Siendo hoy más necesarias las prácticas de cruzar fronteras en la misión actual, somos llamados a dar pasos audaces.


El último Capítulo subrayó el concepto de “internacionalidad” al afirmar:
Si debieran teñirse de un color común [las recomendaciones que siguen a esta carta], sería el de la internacionalidad (...). Hay un deseo creciente para utilizar lo mejor posible la fuerza de ser un cuerpo presente en 67 países. Somos conscientes que si compartimos nuestros recursos mas plenamente entre nosotros, eso beneficiará a los pobres y favorecerá el bienestar de toda la Congregación. En el futuro, nuestra fuerza no se basará tanto en el aumento de número, sino más especialmente en un aumento de nuestra solidaridad” (TE, Carta del Capítulo de 2004).
Tres años después, la idea de internacionalidad tuvo una aceptación general en la Intercapitular de 2007. Sin embargo, se dio una evolución en el concepto: primero por medio de la metáfora de “cruzar fronteras”, ya estaba presente en el último Capítulo , y, luego, por una reflexión reciente que sugería que sería más apropiado no sólo hablar de internacionalidad, sino de “interculturalidad” .

Sería superficial ver en estos desarrollos tan sólo una moda que ha aparecido recientemente. Nuestro último Capítulo unía esta realidad con el corazón de nuestra fe, cuando nos recordaba a Abraham y Sara, la “impredecibilidad del plan de Dios” y el vaciamiento de sí de Jesús. Desde estas profundidades emerge el llamamiento a una conversión continúa en este campo, para “dejar de lado  nuestras propias estrategias amadas, nuestras lenguas, nuestras políticas, nuestros programas personales y, como peregrinos, dejar detrás de nosotros los equipajes inútiles que pueden retrasarnos” (Testigos de la Esperanza, Carta, pág. 11). Al tiempo que se acogen entre nosotros las ideas de cruzar fronteras y de interculturalidad, el movimiento concreto de cruzar fronteras está revistiendo nuevas características y cobrando velocidad.
En cuanto a las características nuevas, el esquema tradicional de movernos de norte ha sur se ha visto complementado con movimientos de sur a sur y de sur a norte. Han salido a la palestra nuevas provincias proveedoras.

 En cuanto a la velocidad, se puede observar un aumento en años recientes, pero ofrezco aquí cifras generales. De 522 primeras obediencias concedidas entre 1999 y 2010, 63 fueron dadas a unidades distintas de la de origen, lo que significa el 12%. Ello podría parecer bastante modesto, pero en el mismo tiempo hubo 130 cambios de obediencias para una misión nueva de fuera , lo que dobla el dato de las primeras obediencias a otra unidad. Se ha convertido práctica habitual que inmediatamente tras la formación primera, el oblato permanezca en su ambiente materno durante un cierto número de años, siendo luego enviados a este último escenario. Dicha práctica parece haber dado buenos resultados. La siguiente representación muestra gráficamente que entre todas las obediencias que he dado, una cuarta parte (24%) fueron para misiones extranjeras.



El cruzar fronteras se ve a menudo limitado por situaciones particulares: en el interior de una Región, algunas provincias envían gente y otras no; una Provincia recibe más gente que otra, etc. Se puede observar que los movimientos prácticos dependen de invitaciones claras e insistentes de las provincias receptoras y de una sincera generosidad de dar alguno de sus mejores oblatos por parte de las unidades que envían. Estas son cosas que no pueden forzarse por parte de la autoridad superior, a no ser que nos movamos por obediencia ciega.

¿Qué hay detrás de éste énfasis en toda la Congregación de cruzar fronteras, de interculturalidad?. Hay diferentes fuerzas en actuación. En cuanto al factor de atracción, están las dramáticas necesidades de personal en algunas de las misiones, que gritan pidiendo ayuda. Hay necesidades misioneras que los oblatos sienten como urgentes: zonas rurales o urbanas abandonadas, lugares donde los fundamentalistas islámicos o cristianos avanzan rápidamente, oportunidades como en China, migración, la necesidad de diálogo interreligioso, el retroceso silencioso en zonas secularizadas, etc. En cuanto al factor de empuje, hay un deseo auténtico de oblatos jóvenes, o no tan jóvenes, de ser misioneros en otros ambientes culturales. Hay que considerar que algunas de nuestras unidades tienen tantas vocaciones que hay un exceso. En el caso de movimientos de sur a norte, la oportunidad de hallar sustento para nuestra vida y misión oblatas desempeñan un papel importante. Algunos son enviados específicamente por sus provincias madres para conseguir para los oblatos de casa algunos ingresos, especialmente para mantener las casas de formación. Ocasionalmente, encontramos también planes privados no supervisados como motivos de los oblatos para ir fuera: el deseo de ayudar a su familia, la atracción hacia ministerios concretos y estilos de vida.

Con todo, no debería pasarse por alto que hay un sincero deseo en gran parte de nuestros misioneros del sur de hacer frente a desafíos como la secularización y la invasión del Islam en territorios llamados cristianos del norte. Tales misioneros sienten que, por parte de oblatos o laicos del norte, se interpreta mal su buena intención, pues acogen con suspicacia y prejuicios su buena voluntad. Ellos quisieran tener más libertad para inventar nuevas formas de misión, como en el pasado hicieron en el sur los misioneros del norte. Los oblatos en el norte han de recibirlos con buena voluntad; no debería llevárseles a sentirse como mendigos pidiendo un favor.

¿Cómo deberían dirigirse las invitaciones de oblatos del sur para que vengan al norte?. ¿Qué clase de invitaciones misioneras deberían hacerse?. ¿Cuánta gente se necesitaría?. ¿Qué comunidades están dispuestas a acogerlos?. Ha de seguir la reflexión sobre estas preguntas. Ciertamente, en el norte las Iglesias locales han de preguntarse: ¿cuánta parte del clero, en un país dado, ha de ser local y cuánta puede ser de fuera?. El fin no puede ser rellenar huecos o encontrar soluciones fáciles para la falta de vocaciones locales; por el contrario, en el mundo secularizado hemos de trabajar aún más duro por las vocaciones locales, necesarias para la inculturación del evangelio. Una regla general ha de ser que la Iglesia y sus ministros han de ser interculturales en la misma proporción que la sociedad lo es. Además, hay lugar para signos proféticos especiales.

Hemos de hablar de todo ello y superar los obstáculos que existen en este importante campo. Se necesita tener ánimos y generosidad.

a) Algunos de nuestros hermanos se marchan a otros países por cauces informales, por ejemplo, quedándose tras estudios superiores. ¿Podríamos evitar que suceda esto?. Podría ser de ayuda hacer todo lo posible para que cada oblato que va fuera viva en una comunidad de la unidad que lo recibe. A menudo se trata de algo tan simple como escoger bien a la persona que va a estudiar y cómo va a estudiar, como apoyo a la misión de la Provincia. Sí, ciertamente, la misión común de la unidad debería ser la razón principal de ampliar estudios.

b) A veces observamos una tendencia a crear un ambiente basado en la cultura de origen, hasta el punto de no abrirse a los otros. Ello sucede de dos maneras: con misioneros que salen fuera, no abiertos a la cultura local, y con vocaciones locales todos  de la misma cultura. En una congregación misionera como la nuestra, se necesita un esfuerzo consciente para superar las tendencias a crear ambientes monoculturales.

c) Al aumentar el cruzar fronteras, se observa el fenómeno de acuerdos interprovinciales en la asignación de personal. Ello establece un vínculo similar al hermanamiento para un intercambio efectivo de dones. Deberíamos, sin embargo, insistir en que se consulte siempre el centro de la Congregación y se la informe para que se asegure la necesaria coordinación y se garanticen los permisos pertinentes. En 2007, se publicó una política sobre estos movimientos en la Congregación . Basándome en mi experiencia, recomiendo que se pida incluso una aprobación explícita del Superior General.

¿Cuán lejos irá la tendencia de la internacionalidad – interculturalidad? . ¿Dónde nos está llamando el Espíritu?. La tradición de nuestra Congregación es otra a la mera de otros institutos misioneros en que todos por principio han de abandonar su propio país. Creo que no deberíamos cambiar nuestra tradición en este respecto. Nadie ha de ser obligado a dejar su unidad si no está motivado a ello. Pero, por otro lado, no debería dejarse todo a la iniciativa y celo misionero de los oblatos individuales: hay una necesidad de opciones comunes respecto a las misiones de fuera. El proceso Inmensa Esperanza puede ayudarnos a definirlas, habiendo tenido resultados positivos las provincias que han comenzado a escribir que están dispuestas a enviar gente a fuera, o recibir oblatos de otras partes del mundo.

Para hacer que siga sucediendo esto, hemos de hacer el esfuerzo de desarrollar la cultura de cruzar fronteras durante la formación inicial. En este sentido se han dado pasos importantes en ciertas regiones con la consolidación de casas de formación y esfuerzos de formación regionales. Volveremos a ello cuando discutamos sobre la formación.

5.    Se valoran más la vida de comunidad y la vida religiosa, pero somos llamados aún a ofrecer una animación más seria.


En el campo de la vida comunitaria, ha habido una evolución clara durante los últimos 18 años, en el sentido de que se reconoce la vida en comunidad como una parte esencial del carisma oblato, y no como un mero añadido accidental. Ello surge junto a un reconocimiento más claro de sí como religiosos. También, en la práctica, la Congregación se está desplazando lentamente hacia una mejor vida de comunidad, tras un tiempo en que la tendencia parecía ser la dispersión. Hemos abandonado la vida en común en ciertos países, a menudo por el hecho de que hemos sido fundadores de la Iglesia en esos lugares y donde, por un tiempo, hemos desempeñado el papel del clero diocesano. El retorno no está aún terminado y, por tanto, la “conversión a la comunidad” fue uno de los tres temas del material de 2009 de preparación para Capítulo .

Es bueno para nosotros reconocer que la necesidad de la conversión en este campo tiene surge como motivación de la hondura de nuestra fe. Vita Consecrata afirma que la comunidad es is “confesión de la Trinidad” (VC 41). Las comunidades expresan, entonces, de un modo especial lo que la Iglesia en sí misma ha de ser y son al mismo tiempo células vivas de la Iglesia: “...forman una célula viva de la Iglesia” (C. 12). El Capítulo de 1992 fue muy lejos cuando afirmó que “perseguir activamente la calidad de nuestra comunidad (...); he ahí nuestra primera tarea de evangelización” (TCA 7).

¿En qué se nos llama a la conversión en este campo?

Un desafío obvio reside en el cambio de estructuras. Las estadísticas muestran que, ciertamente, tenemos camino que hacer,  pues nos dicen que, de acuerdo a la información disponible, en 2010 un 18% de todos los oblatos que han terminado la formación primera viven solos; ello se deduce del hecho de que 634 de nuestros compañeros viven sin otros oblatos en la misma dirección. Los porcentajes varían según la unidad, del 0% en las unidades más pequeñas en la parte más baja de la escala, en las que ninguno de los 120 oblatos vive sólo, a una media del 37% en las 17 unidades en la parte más alta de la escala, donde 499 oblatos de 1.338 viven solos. Hay diferencias también según las regiones. En Europa del Este el porcentaje de oblatos viviendo solos es la mitad del porcentaje en otros sectores de la Congregación.

La Congregación oblata no puede ser una suerte de agrupación de sujetos, por lo que debería esforzarse por hacer más progresos en términos de vida comunitaria apostólica y de comprender que la misión emana de la comunidad. Como se puede ver, hay estructuras que fomentan la dispersión, habiendo de ser cambiadas. Considerando que, según nuestras Constituciones, una comunidad debería estar constituida por tres miembros , algunas unidades han de dar pasos significativos para reorganizarse en comunidades de un mínimo de tres o más. Sin embargo, en muchas situaciones encontramos sólo dos oblatos en una comunidad o que los misioneros que viven solos se juntan entre una vez a la semana y tres veces al año. Los distritos, zonas y otras agrupaciones desempeñan un papel importante de animación en tales casos, pero a largo plazo no pueden sustituir la vida común de hecho.

Junto a las estructuras, un segundo desafío es que en muchos lugares aún seguimos buscando un modelo válido de vida comunitaria. Conocemos el modelo monástico. Está probado y comprobado. Pero, ¿qué sirve mejor a la vida y misión de un religioso activo?. Aún necesitan respuesta las siguientes preguntas:

  • ¿Cómo conjugar armoniosamente la vida como religiosos y el trabajo como misioneros activos y encontrar el equilibrio justo entre vida común y trabajo?.
  • ¿Cómo organizar un ritmo común de vida de oración, recreación y planificación de trabajo, considerando el hecho de que pertenecemos también a otros muchos grupos?.
  • ¿Cómo dirigir las decisiones, finanzas y situaciones de crisis en el nivel local?

Las comunidades, no muy distinto de las familias, están fuertemente influenciadas por la cultura circundante. ¿Tenemos la fuerza de ser contraculturales si es preciso?. Por otro lado, el ambiente puede proporcionar también gran empuje y enriquecimiento de la vida de comunidad, como ha sido el caso de los laicos asociados oblatos.

Un tercer desafío tiene que ver con el liderazgo. A menudo se sugiere que los superiores locales necesitan tener una formación adecuada; tenemos presente el perfil de superior capaz de animar, organizar y dirigir sin ser un controlador que aleja la libertad correspondiente a la vida adulta. Generalmente proporcionamos superiores preparados para la formación inicial, donde las comunidades son relativamente grandes, pero se necesita hacer más para las comunidades de ministerio.

Finalmente, sería útil si como oblatos pudiéramos definir más claramente lo que significa para nosotros la comunidad.

Desde los ’60 hemos probado distintos modelos. En nuestra Regla presente, se consideran comunidades locales a las comunidades de distrito. Ellas proporcionan una experiencia de comunidad; por ejemplo, en el norte canadiense los misioneros que viven en zonas escasamente habitadas pueden recibir apoyo y tener un cierto sentido de pertenencia tan sólo por medio de sus distritos, pero me pregunto si los distritos fueron alguna vez pensados para sustituir la vida bajo un mismo techo, al menos en la medida en que se ha convertido en la práctica. De hecho, nunca han cesado las discusiones sobre el papel de las comunidades de distrito.  ¿No es el término ambiguo, ocultando a menudo el hecho de que hay oblatos viviendo solos?

Mi pregunta es si no sería mejor cambiar nuestra terminología. ¿No deberíamos no llamar comunidad a vivir solos y reservar la expresión “comunidad local” para un grupo de oblatos que, de hecho, comparten casa común?. Aún deberíamos asumir el pleno cuidado de aquellos que viven solos: ellos, también, deben estar adscritos a una comunidad local, necesitándose estructuras de animación, tales como distritos, zonas o sectores. No sólo los oblatos individuales, sino también las pequeñas comunidades locales pueden beneficiarse ampliamente de las estructuras de animación (distritos, zonas, etc.) con un liderazgo apropiado en cada nivel, un coordinador o animador, por ejemplo. ¿Debería el Capítulo asumir el cambio de nuestra definición actual de “comunidad local”?

Deberíamos, quizá, haber hablado de la vida religiosa según los votos antes de discutir sobre la comunidad, pero, ¿qué es lo primero?. El celibato y la comunidad son por algunos vistos como el único elemento constituyente de toda vida religiosa . Nuestras comunidades se caracterizan por los votos y nuestros votos nos constituyen en comunidades. Las dos juntas son nuestra forma particular de vivir como seguidores de Cristo. En cualquier caso, un informe sobre el estado de la Congregación no debería analizar sólo nuestras estructuras de comunidad, sino también tratar nuestra fidelidad a la vida evangélica según nuestros votos. ¡Aquí también se necesita la conversión!. He dedicado tres de mis cartas circulares a este tema, tratando de subrayar la importancia de la vida en votos.

¿Cómo lo estamos haciendo?. Creo que la calidad de nuestra vida de votos puede medirse indirectamente atendiendo a algunos parámetros importantes.

Uno es nuestra centralidad en Cristo. Aquí deberíamos preguntarnos: ¿Cuán importante es para nosotros la meditación en común de la Palabra de Dios, por ejemplo, con la lectio divina?. ¿Es la oraison una práctica habitual?. El futuro no reside en que seamos organizaciones eficientes devoradas por el activismo; ¡nuestras comunidades apostólicas necesitan estar hondamente enraizadas en el misterio Pascual y ello ha de verse en nuestro horario!

Otra forma de evaluar nuestros votos es comprobar la frecuencia y la calidad de nuestras relaciones fraternas. Cierto, los votos pueden vivirse individualmente, pero tan sólo hallarán su plena expresión si los oblatos viven juntos con sus hermanos. En comunidad es como nuestra obediencia se vive, concediéndose tiempo mutuamente, planificando nuestra misión juntos y estando disponibles cuando se trata de tomar decisiones; ahí es donde la perseverancia da estabilidad a nuestras empresas misioneras; ahí es donde la pobreza se traduce en tener todas las cosas en común, compartir nuestros ingresos todos con los demás y con los pobres; en la comunidad es donde hallamos espacio para la intimidad en la oración y en las relaciones fraternas para hacer de nuestra castidad una expresión de gran amor.

Sobre todo, la vida en votos es una forma de ser cristianos. ¿Si fuéramos condenados a prisión por ser cristianos, habría pruebas suficientes contra nosotros?. Personalmente, me preocupa la crisis personal de un miembro de comunidad o las dificultades en el trabajo hacia fuera, pero lo que realmente me alarma es si el vino de la caridad se está perdiendo en nuestra mesa. ¿Cómo podemos ser apóstoles si hay ambición, celos, enemistad y cosas semejantes?. Es responsabilidad de todos nosotros, y especialmente del superior local, trabajar para conseguir lo más rápido posible la reconciliación en este sentido.

Un buen signo de una vida religiosa saludable es la presencia de hermanos. He de decir que me preocupa ver que la proporción de hermanos en nuestra Congregación ha descendido en más de un quinto en 12 años, especialmente en las regiones más jóvenes. ¿Seguimos sintiendo que el carisma de la fraternidad es necesario para nuestra Congregación y da un sabor especial a nuestra misión oblata?

No podemos pretender que nuestra vida en votos esté exenta de fallos. Algunos oblatos dejan la Congregación cada año. El número y la proporción parecen haber decrecido ligeramente (del 1,7% al 1,6% al año). Se ha dicho que si un oblato nos deja, es mejor afrontar la verdad que llevar una doble vida. La exhibición pública de escándalos, junto con sus consecuencias económicas, ha forzado a algunas de nuestras unidades a buscar la claridad en las relaciones y prácticas profesionales, pero necesita hacerse más para vencer las situaciones ambiguas. Es un acto de caridad no tolerar un comportamiento incompatible con la vida de votos.

Por último, hemos de evaluar si nuestra vida de votos se ve como algo profético. ¿Nuestro estilo de vida resulta convincente por su simplicidad, por su respeto por la creación?. ¿Son acogedoras nuestras comunidades, especialmente para con los pobres?. ¿Se perciben nuestras casas como lugares donde la gente puede buscar recursos espirituales?. ¿Somos profetas de la justicia y trabajadores activos por la paz?. Depende de la gente de fuera, incluyendo a nuestros laicos asociados, que nos digan la verdad.

Hay gente que duda del futuro de la vida religiosa en la Iglesia, particularmente de su forma apostólica. Tales dudas aparecen quizá por los escándalos, quizá por el declive de sus cifras en algunas partes del mundo. Algunos piensan que el futuro pertenece a los Movimientos. Por otro lado, la vida religiosa apostólica crece en muchas partes del mundo y se fundan nuevos institutos. Ciertamente, se necesita una continua reflexión. Serán esenciales la hondura espiritual y un perfil claro que nos hagan visibles y transparentes. Encuentro significativo que las Uniones de Superiores Generales están preparando un simposio a comienzos de 2011 para reflexionar concretamente sobre la vida religiosa apostólica.

La comunidad local es el lugar donde se hace tangible nuestra necesidad de mayor conversión. Cristo es quien ha de ser el centro de todas nuestras comunidades locales, casi visible al ojo por medio de nuestra oración común, nuestro amor mutuo, nuestro compartir de bienes temporales, nuestra hospitalidad y nuestros logros apostólicos.