Informe al Capítulo General 2010 - 6ª parte: EL FUTURO



Misioneros Oblatos de María Inmaculada

El estado de la Congregación

Informe del Superior General para el Capítulo de 2010

6ª parte




III.    Nuestra responsabilidad en el presente, con vistas al futuro – conclusión.


¿Se pueden sacar conclusiones de nuestra historia reciente como congregación?, ¿podemos sacar inspiración de ello?, ¿alguna invitación dirigida a nosotros a “convertirse y creer en el evangelio” (Mc 1)?

La Iglesia es un sacramento, es decir, un signo profético que comunica de forma efectiva la gracia de Dios y, como religiosos misioneros, participamos de forma especial en la capacidad de la Iglesia de ser signo. De algún modo, el Amor de Dios debería ser visible por medio nuestro, de modo que la gente pueda descubrir algunos rasgos de Jesús el Cristo por medio de nuestra ayuda, recibiendo entonces el Espíritu del Padre y del Hijo. Si esto es así, significa que hemos sido proféticos.

Los signos han de adaptarse a la gente y las culturas que han de interpretarlos y, por tanto, sufren modificaciones cuando el mundo circundante cambia. Los cambios culturales parecen acelerarse hoy. Nuestra propia Congregación los experimenta al haber tenido ahora una transición demográfica durante algunas décadas, una transición que se ha hecho muy visible e incisiva.

¿Cuál es nuestra responsabilidad histórica como oblatos hoy?. Se han expresado distintas visiones durante la preparación del Capítulo. Por ejemplo, se ha dicho:

  • Hemos de tomar una dirección clara para la Congregación para los próximos 25 años y no sólo para los próximos seis años. Miremos al futuro lejano y actuemos según él en el futuro inmediato.
  • Asegurémonos de que las provincias fuertes ocupen su lugar. Es importante que los jóvenes oblatos, sea de donde sean, tomen hoy mayor responsabilidad.
  • Hemos de continuar el proceso Inmensa Esperanza para asumir los cambios con persistencia.


A.    Visión mundial


Para interpretar los desafíos de hoy, necesitamos alguna clase de visión mundial, algún tipo de análisis de la realidad. En los años recientes ha habido cierta resistencia a introducirnos en éste análisis y la resistencia parece estar relacionada con un cambio generacional.

En el mundo secular, los últimos años ’80 y los primeros años ’90 han supuesto el fin de la mayoría de los regímenes dictatoriales y, con ello, de algunas ideologías dominantes. El aumento de las tecnologías de la comunicación llevó a la conciencia de una realidad muy compleja, globalizada, pero no unificada. Todo parecía ser relativo. Apareció un vacío en la interpretación del mundo. La mentalidad posmodernista sedujo a mucha gente para que se sintieran contentos con una felicidad privada, disfrutando tan sólo el aquí y el ahora. En el mercado globalizado y sin regular, se ha hecho más difícil tratar los problemas sociales; la pobreza en este contexto se originaba menos por la opresión directa y más por la exclusión de aquellos por los que nadie parecía ser responsable. Las culturas locales reafirmaron su identidad en una globalización confrontadora. Las creencias religiosas, pero también el fundamentalismo, fueron cobrando fuerza en oposición al secularismo.

La humanidad ha sido liberada hoy de algunos sistemas ideológicos. Nos hemos hecho más realistas sobre la vaciedad de un mundo en el que todo se convierte en relativo. Algunas veces nosotros mismos hemos experimentado confusión y no podemos hacer que todo tenga sentido. Los pobres siguen circundándonos y nos desafían a responder a sus necesidades.

¿Podemos hacer un dibujo de la Iglesia de los últimos tiempos, del nuevo milenio?. 
Los cristianos, como todo el mundo, se ven afectados por la globalización y la falta de justicia global, amenazas al medio ambiente y a la vida en paz, secularismo y, por otro lado, fanatismo religioso. En el tiempo de la comunicación global, si alguno encuentra una respuesta profética a estos desafíos será ampliamente conocido. Al mismo tiempo, los problemas interiores de la Iglesia y sus escándalos se hacen bien visibles.
La Iglesia es muy diversa según el contexto. En Occidente, tendemos a pensar que nuestras preocupaciones entre liberales y conservadores, sobre la falta de sacerdotes, sobre el abuso de niños, etc., son también las principales preocupaciones en otras partes del mundo. En las regiones donde los cristianos son una pequeña minoría, en situaciones donde la corrupción es un factor diario de la vida diaria o donde la comida y la seguridad no están garantizadas, el centro de los cristianos está en otras cosas. Como oblatos, tenemos la oportunidad de estar presentes en muchos contextos, lo que debería ayudarnos a relativizar las preocupaciones de nuestras Iglesias locales y de hallar lo que es esencial en nuestra vida de fe. Ello debería ser parte de la misma misión que Dios nos ha confiado en la Iglesia. 

¿Cómo deberíamos responder los Misioneros Oblatos a la situación presente del mundo?. ¿Cómo nos llama esto a la conversión?. En un tiempo en que ya no pensamos en términos de dos bloques opuestos, cuando hemos adquirido alergia a las ideologías, pero tampoco hemos hallado las respuestas que queremos, aún podemos ver que la naturaleza humana continúa estando necesitada de redención y los pobres están anhelando recibir la Buena Nueva del Reino de Cristo. Hoy es un tiempo de hacer de nuevo una opción por Cristo, primer representante del nuevo ser humano, llamado a la plena comunión con Dios y unos con otros. El modo de Cristo de ser humano ha de configurar nuestra vida: hemos de aprender a amar el mundo con su mismo corazón, cuidando especialmente de los pobres, cuyos gritos llegan a nuestros oídos. “Dios ama este mundo”, dijimos en el Capítulo de 1998. En todo ello, el énfasis estará más en lo que vivimos como comunidades que en lo que enseñamos como individuos.

Hoy es también un momento de vivir nuestro ser Iglesia de nuevas formas. A menudo nosotros, oblatos, como cristianos y como parte de la Iglesia institucional, hemos fallado, y esto se está haciendo ahora público. La autoridad moral de la Iglesia está seriamente dañada y no podemos culpar a nadie, sino a nosotros mismos. Nuestro lugar como miembros de la Iglesia debe estar al lado de las víctimas de cualquier abuso. Como grupo especial de religiosos y misioneros deberíamos estar en la línea de frente de aquellos que quieren un cambio a mejor; en una línea de lo que hemos dicho en capítulos generales anteriores . Soñemos con una Iglesia que “refleje la unidad existente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, como dice Cipriano, y que responda plenamente a los desafíos de su misión en un mundo cambiado, un mundo muy amado por Dios.

B.    Cuatro imperativos


Permitan que, basándome en estas consideraciones generales, concluya este informe enumerando cuatro puntos concretos que, a mi modo de ver, hoy son imperativos para nosotros, oblatos: comunidades centradas en Cristo, amor a los pobres, afrontar los cambios demográficos y amor a la Iglesia. Creo que aquí concretamente residen para nosotros cuatro campos en que necesitamos conversión más que en cualquier otra parte.

1.    Comunidades centradas en Cristo


Como misioneros religiosos hemos de aprender nuevos modos de hablar a la gente de hoy, aprender a con ellos un nuevo lenguaje. Ello sólo sucederá  si podemos hablar desde una experiencia personal y comunitaria. Como resultado de este Capítulo, nuestra conversión ha de producir una nueva calida de nuestra vida común. Tenemos una vocación de vivir en fraternidades en que “el llamamiento y la presencia del Señor en medio de los oblatos hoy los unen en la caridad y la obediencia” (C. 3). La oración en común, la lectura de la Escritura y la celebración de los sacramentos como comunidades locales nos llevará a una calidad nueva de presencia misionera. La atmósfera espiritual que creamos en casa ha de estar abierta al mundo y respetar su autonomía – lo hemos aprendido del secularismo – pero al mismo tiempo crecer muy intensamente de modo que Cristo y su Palabra se conviertan de nuevo en el centro de nuestras vidas y se pueda sentir el mismo Espíritu de Dios.

Como dijimos al comienzo de este informe, San Eugenio consideraba a Jesucristo nuestro Fundador y los apóstoles como nuestros primeros padres. Congreguémonos, pues, de nuevo en torno a Cristo, que es en el verdadero sentido de la palabra el primer oblato y nuestro fundador. ¿No deberíamos pedir a nuestra madre, María, que nos muestre los caminos y los medios de hacerlo?. Ella desempeñó un papel en la comunidad de los apóstoles tras la Ascensión y en Pentecostés y ella formó un hogar con el apóstol Juan. Su actitud nos hará descubrir cómo convertirnos concretamente en comunidades que sigan a Cristo hoy, cuando tantas cosas tienden a distraernos. Nuestro horario debería mostrar que Él es el centro. Sólo con Él en el centro podremos vivir la vida de los apóstoles. No hay peligro en que nos volvamos demasiado monásticos en ello. Tras un nuevo Pentecostés, en casa con Cristo Resucitado, con María y con nuestros compañeros apóstoles, alcanzaremos con nuevos modos los confines de la tierra.

2.    Amor a los pobres


El Papa Juan Pablo II dijo: “Es injusto que pocos privilegiados sigan acumulando bienes superfluos, despilfarrando los recursos disponibles, cuando una gran multitud de personas vive en condiciones de miseria, en el más bajo nivel de supervivencia”. Añadía que ello es contrario “al orden de la creación, que implica también la mutua interdependencia” .

Por medio de mis viajes por toda la Congregación y la información que llega al centro de la Congregación, he sido testigo de la realidad masiva de la pobreza, a menudo ignorada por aquellos que geográficamente viven muy cerca de ella. Pero sólo nosotros, oblatos, sabemos demasiado bien dónde encontrar a los pobres: en las zonas desgarradas por la guerra y las luchas en el Congo o en el sur de las Filipinas, en las chabolas de Sao Paolo o entre los que sufren de SIDA en muchos países, entre los indígenas o la gente desplazada y los inmigrantes, entre la juventud desorientada y los ancianos abandonados.

Sabemos también que San Eugenio, desde su misma conversión, tomó especial cuidado de los pobres y que durante toda su vida, como joven sacerdote y obispo en sus últimos años, los amó y permaneció cerca de ellos. Él y sus misioneros evangelizaban a los pobres, les hablaban de su dignidad de hijos e hijas de Dios y arriesgaban sus vidas entre ellos en más de una epidemia en Aix, Marsella y otras partes, convirtiéndose así en mártires de la caridad.

¿Discernimos hoy la voluntad de Dios respecto a nuestra misión de evangelizar a los pobres o simplemente seguimos haciendo por inercia lo que estamos acostumbrados a hacer?. ¡Nuestros propios santos nos enseñan el buen camino!. Cuando se trata de la solidaridad con los pobres, tenemos muchos mártires de la caridad e incluso de sangre entre nuestros compañeros, teniendo todos ellos en común que han amado a los pobres con el corazón de Dios. Habrá en ello un beneficio personal y comunitario para nuestra conversión: los pobres pueden ser en verdadero sentido un sacramento de la misma presencia de Dios para nosotros.

3.    Afrontar los cambios demográficos 


En nuestra Congregación hay un gran cambio demográfico justo a la vuelta de la esquina, lo muestran los numerosos nuevos rostros. Hemos de responder a este cambio con coraje y alegría. ¿De qué modo?.

¡Reconozcamos cuán débiles somos!. Algunos sugirieron en la preparación del Capítulo que nuestros mayores necesitan saber de forma realista, pero positiva, la situación del personal de sus unidades. Nosotros también deberíamos no pedirles trabajar más allá de lo que pueden a su edad. Donde haya una edad media elevada, simplemente hemos de hacer los cambios de estructuras que sean necesarios para servir mejor a nuestra misión.

¡Reconozcamos cuán fuertes somos!. Sé por mis visitas que podemos contar con excelentes oblatos, y en bastante cantidad, en muchas partes del mundo. Algunos son aún jóvenes, pero a muchos se les puede confiar ya la responsabilidad del liderazgo.

A la lógica de las estadísticas demográficas hemos de añadir la lógica del faro. ¿No estamos demasiado acostumbrados a medir en números nuestra relevancia?, ¿no hay también una realidad que funciona de otra forma?. ¡Lo que cuenta es el evangelio vivo en nosotros!. Uno puede ver faros desde muchas millas de distancia y su única luz, puesta en el lugar correcto, ofrece a los navegantes más orientación que la luz de toda una ciudad. ¡Un sólo santo es lo que marca toda diferencia en el mundo!

Personalmente creo en el inestimable valor de cada vocación. Confío que las vocaciones que vienen en grandes cifras son un don para nosotros, pero creo también en el valor evangélico de sólo una o dos vocaciones que se nos incorporan en alguna parte. Hemos escogido amar la Iglesia en celibato, como Cristo, y eso implica también que no podemos controlar el número de “hijos” que tendremos para la siguiente generación de oblatos. Sin embargo, un creyente jamás queda estéril: ¡Dios puede sacar hijos de Abraham de las piedras y poner un faro donde la gente lo necesite!

4.    Amor a la Iglesia


San Eugenio comenzó el libro de la Regla, en el Prefacio, con dos palabras: “la Iglesia”; por tanto, concluyamos con la Iglesia. No es nada menos que el Cuerpo de Cristo; por medio de ella, Cristo sigue siendo identificable en la historia. Nosotros, oblatos, somos parte de este cuerpo. Por medio de nuestro carisma, estamos especialmente asociados a su sacerdocio; somos, juntos sacerdotes y hermanos, herederos de un Fundador que quería dar a la Iglesia excelentes sacerotes para curar sus dolorosísimas heridas. Se lee después en el Prefacio: “si se formasen sacerdotes (...) hombres apostólicos que, convencidos de la necesidad de su propia reforma, trabajasen con todas sus fuerzas por la conversión de los demás...”.

Nosotros, oblatos, muchas veces no somos conscientes del importante papel que desempeñamos en la Iglesia: sacerdotes, hermanos, asociados, amigos, todos aportamos a la madre Iglesia nuestra pasión por Cristo, el amor a los pobres, el sentido de justicia global, la cercanía a la gente, interculturalidad, sentido de hospitalidad, familiaridad con María, lealtad a la Iglesia misma y otros muchos valores. Somos responsables de que este carisma continúe resplandeciendo con fuerza por la gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la salvación de la gente.

IV.    Una palabra de agradecimiento


Permítanme expresar mi agradecimiento sincero a todos con los que he tenido el privilegio de trabajar de cerca: el Consejo General, todos los miembros de la Administración General, los superiores mayores y todos los que han servido a la Congregación en cada unidad y, en general, de distintas formas. Gracias a todos los oblatos que han hecho posible que la Congregación siga su camino. 

Estoy agradecido a la Congregación, que me ha confiado el oficio de crear lazos de unidad entre los oblatos al representar de algún modo a San Eugenio (cuyo carácter era bien distinto del mío) y de ser custodio del carisma de San Eugenio entre los miembros de nuestras distintas formas de asociaciones de laicos y en la Iglesia. Dios me ha dado suficiente salud y muchas gracias para cumplir el cargo, pero, desgraciadamente, no he respondido plenamente: pido perdón por las muchas veces que he descuidado el bien común y me ha faltado atención a las personas.

Concluyo dando gracias a Dios, dador de vida y de cada vocación oblata. Siento una profunda gratitud hacia todo oblato que cada día responde fielmente de nuevo a su llamamiento como humanos, cristianos, religiosos y misioneros. Podemos estar orgullosos de ellos.

Roma, 2 de Julio de 2010 - P. Guillermo Steckling, OMI

[El  ANEXO se encuentra en la versión completa, sobre www. omiworld.org.]


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