Convivencia de seminaristas en Caacupé

Homilía del 1º de mayo 2015, Memoria de San José Obrero
Lecturas: Col 3,12-21; Sal 89; Mt 13, 54--58

Queridos hermanos,

El seminario es un lugar donde se juntan las semillas de las vocaciones. Pero no solo se juntan como en un depósito, un silo de granos como hoy los vemos mucho en la campaña. El seminario es un lugar donde las semillas ya tienen que germinar, brotar y comenzar a  crecer. Es un semillero, un vivero, desde donde se van a trasplantar luego los brotes al campo del Señor.

¿Funciona bien la institución del seminario? ¿Funciona como debe?

Debemos esta institución principalmente al Concilio de Trento, casi 500 años atrás. Siempre es bueno evaluar, incluso dudar un poco – pero no conviene jugar sin motivo con algo que nos ha proporcionado ya tantos frutos. Pero menciono un par de objeciones contra la institución seminario:

  • El seminario, se dice, protege demasiado a los brotes que germinan allí; a veces salen plantas de invernadero que no pueden resistir a los rigores del clima afuera;
  • El seminario, se dice, ocupa muchos años  y a veces no transforma a las personas: a veces falta madurez humana y cristiana en los que son ordenados.

Nos encontramos aquí con objeciones serias que nos deben mantener alerta. Para encontrar respuestas vamos a inspirarnos en el santo de hoy y el ambiente de su vida para ver cómo superar las debilidades que puede haber en la formación sacerdotal.

San José es el padre custodio de Jesús y también de la Iglesia, declarado como tal por el Papa Beato Pío IX en 1870.  Creo que asimismo le podemos considerar padre custodio de los seminarios.

Lancemos la afirmación que la casa de José, la casa de Nazaret es el modelo ideal del seminario. En esta casa-seminario Jesús sería como el seminarista, que crece en edad y sabiduría y se forma como todos nosotros, humildemente aunque es el Hijo Unigénito de Dios. En esta casa María crea el ambiente de hogar; qué lindo habrá sido vivir en la casa de María. Y José es el formador.

Vamos a fijarnos en las tres personas del hogar de Nazaret y luego añadir un punto más.

¿Jesús, el seminarista? Jesús es divino pero también humano. Ha sufrido el trauma del exilio. Su familia se establece en Nazaret. Aprende la Escritura y al mismo tiempo la interpreta mirando la realidad alrededor – lo veremos después en sus parábolas. Pasa por su crisis de radicalismo juvenil cuando se pierde en el templo y no se da cuenta del dolor que su pérdida ha causado en María y José.
Podríamos seguir; Jesús es en muchos aspectos como un seminarista. Y como un formando debe esperar muchos años, hasta el bautismo en el Jordán, para comenzar su ministerio público.

Pero Jesús no es una planta débil de invernadero. Tampoco pierde su tiempo, sólo sabe esperar hasta que le llegue la hora que su Padre Dios le indica.

María, la madre del seminario de Nazaret... En el seminario no puede faltar la presencia femenina ni el ambiente de hogar. No es una institución sin alma. Hemos peregrinado a Caacupé para sentir cómo la Virgen nos cuida y educa, cómo lo hace a su manera de verdadera madre: a veces con la sola mirada, con un gesto que nos impresiona más que las muchas palabras de otra gente.

José, el formador. José le da el nombre a Jesús al reconocerlo delante de la ley como si fuera su hijo: le llama Jesús, que significa "Dios salva". Sabe poner nombre mejor que nosotros ponemos apodos. Como José, también el formador tiene que saber poner un nombre al Hijo de Dios, manifestar su esencia, decir de nuevo que en Él se manifiesta la misericordia de Dios: “salvará a su pueblo de sus pecados".

Leí en la homilía de otro predicador: José “se entrega y se pierde en su misión: Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados (Lc 2,48). José es humilde en su tarea educadora. No es autosuficiente. Él, en su vida de custodio y educador, no hace de protagonista, sino de colaborador. Aparece siempre en la sombra. No es el hombre que habla, sino el que escucha mucho, el que ama mucho, el que vigila, el que protege. Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados (Lc 4,48). Él espera recibir los dones de Dios. Es un pobre instrumento en las manos de Dios. Dios hace maravillas con José como educador.” (Mons. D. Antonio Ceballos, obispo de Ciudad Rodrigo, en 1992.)

Y un último punto. Hoy es el día de José Obrero.
Los textos bíblicos del día hacen alusión al trabajo:

  • ¿No es este el hijo del carpintero?
  • El Señor haga prosperar la obra de nuestras manos.
  • Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre.

José educa a Jesús no tanto como lo hace una profesor sino a la manera de un maestro en su profesión. También le enseña a trabajar, a enfrentar los desafíos de su oficio y el cansancio. El seminarista deben ser trabajador. Aní jaikó reí. Me acuerdo que Mons. Ramón Bogarín nos hablaba de eso en una conversación; decía: “no estés de balde, si no, el diablo te va a ensuciar” (en guaraní la expresión es más fuerte).

En el seminario debemos ser trabajadores, honrando así a los que luchan por su pan de cada día. Trabajadores en el oficio que nos corresponde: estudio, lectura, reflexión, ejercicio, en el Opus Dei, la obra de Dios – así se llamaba la oración de la Liturgia de las Horas. Después de tantos años de seminario sería una pena no tener nuestras parábolas listas como Jesús, no saber explicar, no saber tratar a la gente con paciencia, no saber enseñar con autoridad. Jesús en cambio, salió bien formado del “seminario” de Nazaret.

Cierto, nunca podremos superar a Jesús, pero sin embargo, el Espíritu del Resucitado puede y debe vivir en nosotros. Estamos llamados a ser semejantes a Jesús, incluso a ser su sacramento.

Jesús, María y José, vengan en nuestra ayuda para que nuestros seminarios sean como vuestro hogar de Nazaret. Amén.